La bola negra: una película grande de historias pequeñas
Hay algo de La bola negra que se queda contigo cuando abandonas la sala de cine. Te lo llevas a casa y lo rumias como si no hubiese sido suficiente con visionar la película, como si fuese un poema que necesitas asimilar.
La forma de tocar de Sebastián sin llegar a palpar la espalda de Rafael, las bengalas iluminando la noche viajando a toda velocidad en un coche militar, las coreografías que los personajes interpretan acompasados cuando hay tanto que decir que no les quedan palabras, la música acompañando virtuosa el camino que recorres hasta llegar al clímax de la historia.
La poesía en esta obra reside en las imágenes, en las palabras que los personajes no llegan a decir, pero todos llegamos a entender. En la teatralidad orquestada de algunas de las escenas, que nos sugieren la libertad, la tristeza o el amor mediante imágenes muy poderosas, profundamente metafóricas, que no te abandonan. Esas mismas imágenes que evocarás cuando recuerdes la película, como estandartes del mensaje que se pretendía trasmitir.
Se está hablando mucho del estreno, de sus connotaciones políticas, de sus sesgos. Que nadie se equivoque y se diga bien alto: por supuesto que la película homenajea a Lorca y es justa en su causa, y aun así no habla de vencidos ni vencedores, parafraseando las palabras de Javier Ambrossi: «Pretende hablar de que hay que vivir». Una película grande que trata de historias pequeñas muestra un conflicto tan colectivo como una guerra desde la intimidad de unos personajes que navegan sus propios conflictos, formando parte de un todo que está por encima de ellos mismos, pero que atraviesa sus vidas inevitablemente.
¿Y acaso no es esa la mejor manera de reflejar los grandes momentos de la historia, a través de las vidas de aquellos que estuvieron presentes? Me quedo con la invitación a la vida, una vida tuya y sin el peso hiriente de la mirada ajena y también con la decisión de honrar las vidas que no pudieron ser, que murieron pensando que no merecían nada mejor.
La mirada creativa de los Javis es queer y desde ahí es desde donde nos cuentan este relato que contiene tres líneas temporales, protagonizadas por tres hombres homosexuales. Y qué hermoso es ver una película enmarcada en un contexto bélico liderada por personajes en las antípodas de lo habitual en estos casos, y, al igual que Lorca, nuestros protagonistas aprenden a vivir en sus propios términos, intentando que los estigmas que se arrastran a través del tiempo no les impidan amar.
«Pretende hablar de que hay que vivir»
Javier Ambrossi
Y, como se refleja en la última escena, esta lucha es para las generaciones que vienen, para que no pierdan sus vidas siendo quienes no son. Y, como una encarnación del propio mensaje, en tiempos de plataforma y desengaño, los españoles estamos llenando los cines, en comunión solemne para ver juntos, aunque nos siempre afines, nuestro Titanic español. Y eso es, en una sociedad cada vez más polarizada, motivo de celebración y orgullo.
Ese es el poder del arte, que siempre vuelve para salvarnos. Y si llegar a la nieve es equivocar el camino, sirvámonos de faro unos a otros, para que nadie se pierda en la nieve nunca más.
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