Ozempic: la capitalización del deseo

Las alfombras rojas y las pasarelas se han vuelto a plagar de cuerpos extremadamente delgados. Clavículas marcadas y costillas a flor de piel vuelven a inundar las redes sociales, como ya lo hicieron hace unos años, drásticas bajadas de peso por parte de figuras públicas que hacen saltar las alarmas.

Sin embargo, sería simplista pensar que esto se trata de una mera moda pasajera y no de una cuestión de carácter político, como siempre lo ha sido la imagen de la mujer. En momentos de crisis social o incertidumbre política y económica, el cuerpo se convierte en el espacio más inmediato para centrar tu atención y que, de esta manera, descuides otras facetas de tu vida, que tienen que ver con la colectividad y tu papel a nivel social. Tu parcela de preocupación pasa a ser tu cuerpo, algo bastante individual y superficial, pero que parece ser más fácil de controlar que las injusticias sociales que te rodean, o aquellas que incluso te afectan directamente.

Por otra parte, la industria crea de nuevo un problema para el que te ofrece la solución y, por supuesto, te cobra por ella, el precio que debes pagar para solucionar la preocupación que ellos mismos han generado. De esta manera, las inseguridades físicas se convierten en negocio. La novedad en esta industria, que lleva años vendiendo productos, dietas y soluciones rápidas, es el Ozempic.

Este medicamento fue desarrollado para el tratamiento de la diabetes tipo 2; por ello, ayuda a regular los niveles de azúcar en sangre, aumentando la sensación de saciedad y retrasando el vaciamiento del estómago, lo que propicia rápidas pérdidas de peso. Esto desbloquea la posibilidad de controlar tu propio deseo y el autocontrol pasa a ser uno de los productos de este macabro escaparate dedicado a la modificación corporal.

Lamentablemente, estas oleadas centradas en la delgadez extrema no son novedad; han aparecido en algún otro momento histórico y, más allá del peso, ponían en el centro la debilidad, que se relacionaba con la delicadeza. En el siglo XIX, el Romanticismo idealiza una imagen femenina más pálida y melancólica, que se vincula con la fragilidad e, irremediablemente, con una apariencia más enfermiza. En los años veinte, la estética Art Déco popularizó figuras femeninas más rectas y delgadas, utilizando el cuerpo de la mujer como espejo de las preocupaciones y valores de cada época.

«La industria crea de nuevo un problema para el que te ofrece la solución»

Parecía que, después del «heroin chic», que se popularizó en los noventa, donde se buscaba una imagen demacrada y ojerosa que se relacionaba con la adicción a las drogas, llegó lo que parecía una bocanada de aire fresco: un movimiento denominado «body positive», en el que se pretendía celebrar los cuerpos naturales de cualquier complexión y liberar a las mujeres de la presión estética que les obligaba a medir su valía a partir de su aspecto físico.

Por esto, esta vuelta de la extrema delgadez en los espacios públicos se siente como un enorme paso atrás. El problema es, de nuevo, nuestro propio cuerpo y nos animan a poner el foco en él en una época en la que existen varios conflictos políticos y sociales, siendo algo tan banal que consigue alejarnos de la realidad y mantenernos tan preocupados como acomplejados. El mismo capitalismo, que te invitaba a la abundancia y a un infinito consumo, ahora te vende la cura para controlar esos mismos excesos.

Puede ser que la decadencia del propio sistema nos sorprenda con este tipo de distopias, donde se nos vende cualquier cosa, a cualquier precio, incluso a costa de nuestra propia salud. Lo que sería algo interesante es, al menos, ser conocedores del funcionamiento de esta manipulación, para no caer en modas nocivas y evitar que nuestro cuerpo se convierta en moneda de cambio. Lo cierto es que no solo todos los cuerpos son válidos, si no que se debería priorizar la salud por encima de cualquier tendencia, por muchos millones que esta pueda generar.

Isabel Portela Díaz

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