Hay una escena cada vez más normalizada; sales de la oficina, llegas a casa, intentas desconectar y, de la nada, vibra el móvil. Un mensaje del grupo de trabajo, un correo reenviado, una duda rápida de un compañero. De manera oficial no estás trabajando, pero mentalmente sigues ahí dentro.
Siempre hemos hablado de conciliación como si todo dependiera del horario, es decir, entrar, salir, teletrabajar, tener flexibilidad, etc. Pero una parte importante del problema actual está en algo más profundo y son las relaciones sociales que construimos en el trabajo. La oficina no es solo un lugar donde se cumplen plazos, también es un espacio donde se crean vínculos y ese sentido de pertenencia que tanto ansiamos.
Y eso, en un principio, es positivo. Tener buenos compañeros puede hacer que un día difícil sea más ameno. Un café entre risas o alguien que entiende lo que estás viviendo pueden convertir el trabajo en un lugar mucho más humano. Los vínculos sociales nos dan apoyo y en el entorno laboral son esos vínculos los que nos ayudan a crecer profesionalmente.
El problema aparece cuando esa confianza empieza a borrar los límites. Cuando un compañero te escribe fuera de hora dejas de verlo como un apoyo y empiezas a sentir que le debes algo. Cuando el jefe es cercano, cuesta más no contestar. Cuando el equipo se presenta como “una familia”, apagar el móvil puede generar culpa. Y ahí está el problema, cuanto más afectivo se vuelve el trabajo, más difícil resulta desconectar sin sentirse poco comprometido.
La no desconexión no siempre nace de una orden directa. Muchas veces nace de la cultura. De lo que se normaliza y de lo que se da por supuesto. Quien responde en vacaciones parece más implicado y, por ende, quien no lo hace puede parecer menos responsable.
Sin embargo, desconectar no significa que el trabajo no importe. Significa entender que no puede ocuparlo todo. Somos trabajadores, sí, pero también somos amigos, parejas, vecinos, personas que pasean, leen, descansan o simplemente no hacen nada. Y esa parte de la vida, la que no produce ni responde mensajes, también necesita espacio y atención.
La solución no está en enfriar las relaciones laborales ni en evitar la confianza. Al contrario, necesitamos entornos de trabajo humanos y cercanos, pero también necesitamos límites claros. Un buen equipo no debería exigir disponibilidad constante; debe respetar que cada persona tenga una vida fuera de la oficina.
Al final, las relaciones laborales deberían hacer el trabajo más habitable, no convertir la vida entera en una oficina sin paredes. Para ser capaz de volver mañana con energía, hace falta que hoy, en algún momento, el trabajo se quede fuera.
Celia González
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