Marty Supreme: Una campaña al servicio del ego del personaje

Empiezo a escribir sobre Marty Supreme sin saber si Timothée Chalamet se llevará su ansiado Oscar por su interpretación de este joven precario obsesionado con el éxito. Nos esperábamos, tras la gran campaña de marketing desplegada para promocionar la película, que nuestro protagonista fuese un ganador, que nos contasen una historia que narrase el principio de la carrera de un genio que, debido a su talento, comienza una incesante escalada hacia el éxito y la prosperidad económica con la que no cuenta de partida. Sin embargo, una vez visionada nos topamos con algo distinto; esa gran campaña no estaba adelantando la trama, si no que proyectaba el ego sobre el que el personaje basa los cimientos de su realidad. Esta grandilocuencia publicitaria no estaba describiendo hechos si no la imagen hipertrofiada que el personaje tiene de sí mismo.

Para entender estas aspiraciones desmedidas es importante tener en cuenta el contexto histórico donde crece el personaje. Este delirio que domina cada decisión que toma en su vida, tiene mucho que ver con el Nueva York de los años cincuenta. En plena posguerra, Estados Unidos asiste a su consolidación como potencia mundial experimentando un crecimiento económico que parecía no tener límite. Manhattan se convierte así en la cima del capitalismo, una cultura urbana frenética que se cultiva a la sombra de imponentes rascacielos que gritan prosperidad. El mensaje es claro: da igual de dónde vengas; si te esfuerzas lo suficiente, triunfarás. Y así entre, promesas futuras y aspiraciones delirantes, nace el sueño americano al que se aferra nuestro desesperado protagonista.

 Marty actúa como si ya hubiese conseguido este éxito antes incluso de estar cerca de alcanzarlo. Su actitud descarada y moralmente cuestionable desprende el carisma y la seguridad que se le atribuiría a alguien que por su incalculable talento lo ha conquistado todo. Es una manera temeraria pero optimista de enfrentarse a los problemas que se interponen entre él y su objetivo, respaldado siempre por la seguridad de que pase lo que pase, al final lo conseguirá.

Este sueño de prosperidad se traduce, no solo en el deseo de una vida más cómoda, si no también en el combustible de un ego que crece imparable, Marty desea salir de la precariedad que le rodea, pero sobre todas las cosas desea ser admirado, destacar por encima del resto y ocupar el lugar que está seguro de merecer. No han cambiado tantas cosas desde entonces si echamos la vista a atrás a aquel Nueva York basado en promesas de éxito. El capitalismo contemporáneo sigue utilizando esta gasolina en forma de promesa destacando historias exitosas aisladas que pretenden recordarnos que sí se puede conseguir aquello que deseas. Tal y como apunta, Josh Safdie el director del filme: “La promesa del sueño americano es la mejor droga para los soñadores: es esa cosa intocable que persigues y persigues y puede ser muy peligrosa.” El director se inspira de forma libre en el verdadero jugador de ping-pong, Marty Reisman, mitificando su vida y creando un excéntrico personaje.

“La promesa del sueño americano es la mejor droga para los soñadores»

La campaña de marketing puesta en marcha es un ejemplo de cómo se publicita el cine contemporáneo, a través de proyectos tras medía que despliegan sus tentáculos para llegar a la población por diferentes vías, especialmente a partir de acciones virales, performances y una fuerte presencia en eventos y redes sociales. Esta nueva forma de promocionar el cine se adapta a los hábitos de consumo que lideran la actualidad, como si ya no bastase con hacer una buena película, sino que además fuese necesario saber posicionarse en la escena pública expandiendo el universo de la película más allá de la pantalla. Esta campaña no solo vende un producto, vende la imagen que el protagonista tiene de si mismo, la imagen de un ganador antes incluso de ganar. El triunfo que descubrimos cuando vemos la película es bastante simbólico y performativo, pero también muy emocionante por todas las adversidades que le preceden antes de conseguirlo.

«Esta campaña no solo vende un producto, vende la imagen que el protagonista tiene de si mismo, la imagen de un ganador antes incluso de ganar»

En esta mezcla de marketing y ambición tiene más sentido del que parece que el vehículo de su obsesión sea el tenis de mesa, un deporte menor en el panorama estadounidense que no contaba con la épica de la que gozaban otros deportes como el beisbol o el boxeo. Aunque tuvo algunos momentos de popularidad cuando se formalizó a comienzos de siglo XX y se expandió por los clubes urbanos, no llegó a ocupar el centro del relato nacional. Este aspecto marginal que le relevó a sótanos, garajes y espacios domésticos, solo suma épica al contexto, articulando de nuevo la narrativa del sueño americano: no importa la popularidad de tu escenario, si no la magnitud que eres capaz de darle a tu relato. De nuevo el éxito dependerá de como se venda y de la importancia que imprima en él.

Esto convierte a Marty Supreme en una experiencia que va más allá de sentarse en el cine a ver una película. Es un viaje que se construye a partir de una aparición progresiva en los medios, drops exclusivos, la implicación de otras celebridades trasladándolo a la vida real  y la propia implicación del actor a nivel personal, por ejemplo; abriendo la puerta de una de las reuniones del equipo creativo al público general, en la que el propio Timothée Chalamet consumido por el personaje propone ideas descabelladas como crear un zepelín con el logo de la película, para más tarde llevarlo a la realidad. Se puede afirmar entonces que Marty Supreme sin la grandiosa campaña de escalada a los Oscar, no sería la misma película.

Al final no es tan importante si Marty gana o no, si no como su obsesión por conseguir el éxito en aquello que ama forma parte de su identidad, y le lleva a lugares insospechados en su desesperada aventura por conseguirlo. Acompañada de una banda sonora más que reconocible, Marty Supreme recupera el ritmo frenético característicos de las producciones hollywoodienses y al igual que sus personajes, se acelera de forma impulsiva convirtiéndose en una odisea caótica y divertida. No sabemos si finalmente Timothée Chalamet subirá a recoger su esperado Oscar, lo que si debemos de admitir es que no olvidaremos su entrega con este personaje, que esperemos sepa dejar atrás al terminar este viaje.

Isabel Portela Díaz

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