Del cine de barrio al scroll infinito

Si quieres explicar cómo funciona una sociedad, basta con mirar cómo descansa la misma. Las formas de evasión dicen más de una época que muchos discursos políticos. Y, si comparamos el siglo XX con el XXI, el cambio es radical. Antes, desconectar implicaba salir. Hoy, desconectar significa quedarse y deslizar en una pantalla.

Durante parte del siglo XX, la evasión tenía un espacio y tiempo propio. Se iba al cine de barrio, se acudía a fiestas populares, se comentaban programas de radio en el café… El ocio era un encuentro, una conversación casi ritual.

Durkheim hablaba de la efervescencia colectiva para hacer alusión a esa energía que surge cuando las personas se reúnen y comparten experiencias. Aunque él pensaba en ceremonias religiosas, su teoría encaja con el ocio del siglo XX. El partido del domingo, la sesión de cine o la verbena del pueblo generaban algo más que entretenimiento, todas estas actividades producían cohesión. Nos recordaban que formábamos parte de algo común.

Incluso cuando la actividad parecía individual, como leer una novela, no estaba aislada del resto. Se comentaba un libro o se debatía una película, es decir, existía un horizonte cultural común. La evasión era una pausa colectiva.

Hoy el gesto es distinto. No hay desplazamiento ni ritual previo. No hay hora concreta. Basta con sacar el móvil. Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube han convertido la evasión en algo inmediato y constante. Ya no esperamos al viernes para desconectar porque lo podemos hacer en cualquier segundo libre.

Aquí entra en juego algo decisivo, el algoritmo. Mientras que la televisión ofrecía una programación común, TikTok ofrece un flujo personalizado. No vemos lo que ve todo el mundo; vemos lo que la plataforma calcula que más nos retendrá. La evasión ya no es simultánea. Es individual, diseñada casi a medida.

Guy Debord escribió La sociedad del espectáculo y advirtió que la vida moderna se estaba convirtiendo en una acumulación de imágenes. Si trasladamos su idea al presente, el espectáculo ahora nos persigue en el bolsillo. Y, además, nos conoce.

El contraste está muy marcado. Antes, dos personas en el mismo salón veían el mismo programa. Hoy, dos personas sentadas juntas pueden estar consumiendo universos completamente distintos. La sincronía cultural se fragmenta. Los referentes comunes se diluyen.

Esto se describe como modernidad líquida. Se observan vínculos frágiles y estructuras inestables. El contenido digital encaja en esa lógica. Si un vídeo no interesa, se desliza. Si una tendencia aburre, se abandona. Nada exige permanencia. El scroll infinito no es solo una función técnica, más bien es una metáfora de nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Frente a la película que duraba dos horas, ahora tenemos clips de quince segundos.

La evasión también ha cambiado su temporalidad. En el siglo XX existía una frontera clara entre trabajo y descanso. Hoy la pausa es intermitente. No hay un momento exclusivo para desconectar porque la evasión se infiltra en todo el día.

A todo esto se suma la economía de la atención. Nuestro tiempo se ha convertido en el recurso más disputado. El diseño de TikTok no es casual, ya que está pensado para maximizar permanencia. Cada vídeo funciona como una pequeña recompensa, así que la evasión se convierte en hábito.

Ahora bien, sería ingenuo idealizar el pasado. El cine y la televisión también eran industrias culturales masivas, pero hay una diferencia clave y es que la experiencia era compartida en el mismo espacio y al mismo tiempo. Hoy el consumo es simultáneo, pero disperso. La plaza pública no ha desaparecido, pero compite con una pantalla omnipresente.

El cambio es tecnológico y relacional. Hemos pasado de una evasión ritualizada y colectiva a una evasión algorítmica y personalizada. De la conversación tras la película al silencio del scroll.

Y quizá la pregunta más importante no sea cuánto tiempo pasamos en TikTok, más bien qué tipo de vínculos estamos construyendo cuando elegimos que nuestra pausa tenga forma de pantalla.

Celia González

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